¿Qué es realmente un GIS (y qué no lo es)?
Una reflexión conceptual, sobre qué es realmente un Sistema de Información Geográfica, entendiendo el territorio como una variable estructural del análisis y aclarando las confusiones más comunes en la práctica profesional.
José Francisco Román Solano
1/5/20263 min read
En el entorno profesional actual, todavía es muy común que al hablar de Sistemas de Información Geográfica (GIS) se piense de inmediato en la cartografía. Mapas bien hechos, mapas bonitos, a veces incluso vistos como piezas casi artísticas o puramente cartográficas. Esa idea sigue bastante instalada en muchas instituciones y en buena parte del entorno profesional. El problema no es el mapa en sí, sino quedarse solo ahí. Porque al final, un mapa es siempre una fotografía en el tiempo: un resultado, un corte, una representación de algo que ocurrió o se analizó en un momento específico.
Por eso, un Sistema de Información Geográfica no debería definirse por los mapas que produce, ni por lo vistoso de sus salidas gráficas, sino por lo que ocurre antes de que ese mapa exista. GIS tiene más que ver con cómo se combinan y se relacionan distintas variables —económicas, sociales, ambientales, técnicas— alrededor de una variable común: el territorio. Todos esos fenómenos ocurren en algún lugar, dentro de un espacio concreto, y es esa dimensión territorial la que permite que la información cobre sentido. El mapa, claro, puede ser el resultado final y muchas veces es una excelente forma de comunicar, pero entender GIS implica ir un paso atrás: preguntarse de dónde sale ese mapa, qué procesos lo hicieron posible, qué está representando realmente y, sobre todo, qué preguntas o decisiones se quieren abordar a partir de esa información.
Esta forma de entender el GIS no nace solo de la experiencia práctica, sino que está bastante alineada con cómo se define y se discute el tema en la literatura técnica y en documentos institucionales. En términos generales, un Sistema de Información Geográfica se describe como un marco que permite capturar, organizar, integrar y analizar información georreferenciada, poniendo énfasis en la relación entre los datos y su ubicación, más que en la representación gráfica final (U.S. Geological Survey, 2023; Open Geospatial Consortium, 2022). Desde este enfoque, los mapas aparecen como uno de los posibles resultados del proceso, pero no como su esencia. De hecho, varias definiciones técnicas insisten en que el verdadero valor del GIS está en su capacidad para identificar patrones, relaciones y dependencias espaciales que no pueden observarse cuando los datos se analizan sin considerar el territorio. Dicho de forma simple: el mapa comunica, pero el GIS existe para entender el problema antes de llegar a esa representación.
En 2025, esta visión analítica es una necesidad estructural para abordar desafíos críticos. Algunos ejemplos destacados incluyen:
Gestión del Riesgo Climático: Instituciones como CONIDA (2025) están integrando información satelital y modelos de riesgo para diseñar estrategias de adaptación frente a eventos extremos en zonas vulnerables.
Planificación Sostenible: En regiones como Ica, el uso de SIG y teledetección permite analizar cambios a largo plazo en la cobertura del suelo, facilitando un ordenamiento territorial basado en evidencia.
Prevención de Desastres: Evaluaciones en la cuenca del Mantaro han demostrado que el análisis espacial identifica riesgos de inundación que no aparecen en enfoques puramente estadísticos o de tablas.
Este tipo de aplicaciones —que integran datos de distinta naturaleza con el territorio como eje articulador— muestran por qué, en el mercado y en la gestión pública actual, seguir reduciendo el GIS a mapas y gráficas limita la capacidad de abordar problemas reales que dependen de cómo se organizan y se relacionan los fenómenos en el espacio.
Volviendo a la idea inicial, entender GIS únicamente como la producción de mapas es quedarse en la superficie del problema. El mapa puede ser el resultado final —y muchas veces una muy buena forma de comunicar—, pero no explica por sí solo el valor del sistema que hay detrás. Pensar GIS desde el territorio implica asumir que la información no existe en abstracto, sino que ocurre en lugares concretos, bajo condiciones específicas y con relaciones espaciales que influyen directamente en su interpretación. Cuando se entiende esto, el GIS deja de ser una herramienta puntual o un requisito técnico y pasa a convertirse en una forma de razonar problemas reales, especialmente en contextos donde las decisiones dependen de cómo interactúan datos, espacio y tiempo. Ese cambio de mirada es el primer paso para desarrollar criterio profesional en GIS, y es también el punto de partida de cualquier crecimiento serio en este campo.