Vector y raster: dos formas distintas de representar el territorio

Puntos, líneas, polígonos y píxeles no son solo formatos. Este artículo explica cómo los modelos vector y raster representan la realidad y cuándo usar cada uno.

José Francisco Román Solano

1/19/20264 min read

Hasta ahora me he detenido en una primera pregunta que parece simple, pero no lo es. Qué es un GIS y qué no lo es. Ahí intenté marcar una línea clara, alejarme de la idea de que hacer GIS equivale a producir mapas y romper esa asociación casi automática entre GIS y software. La intención fue poner al territorio en el centro. No como un fondo gráfico, sino como el espacio donde se cruzan dinámicas ambientales, sociales y económicas. Dinámicas que existen antes del mapa y que siguen existiendo después. El mapa aparece recién como una forma de representarlas, no como el punto de partida ni como el fin del proceso.

Desde ahí empecé a hablar de algo que llamo sistema GIS. No como una definición académica, sino como una manera de entender cómo se trabaja en la práctica. Un sistema donde interactúan datos, personas, procesos y tecnología. Esa idea no nace de los libros, sino de ver una y otra vez que, cuando algo falla en un proyecto, rara vez es solo un problema del mapa. Dentro de ese sistema, los datos ocupan un lugar particular. Las dinámicas territoriales se pueden representar gráficamente, sí, pero esa representación depende directamente de cómo se modela la información. Ahí aparecen los modelos de datos, especialmente vector y ráster, no como conceptos teóricos, sino como decisiones concretas que condicionan todo lo que viene después.

Elegir un modelo no es solo elegir una forma de almacenar información. Es decidir qué relaciones se pueden ver, qué preguntas se pueden hacer y qué límites va a tener el análisis. Desde ahí se empieza a construir el resto del trabajo. Los cruces, las relaciones espaciales y las interpretaciones que, finalmente, terminan apoyando una decisión.

Por eso este punto es clave para este momento del recorrido. Antes de hablar de herramientas, de flujos más complejos o de automatización, vale la pena detenerse en estas bases. Entender cómo el territorio se traduce en datos y cómo esos datos, bien modelados, permiten ver cosas que de otra forma pasarían desapercibidas.

Este blog parte justamente de ahí. De mirar el GIS desde el sistema y desde los datos, no como un ejercicio teórico, sino como una forma más honesta y sólida de entender cómo estamos trabajando y qué tan preparados estamos para lo que viene después.

Cuando uno empieza a mirar el GIS desde los datos, aparece casi de inmediato una pregunta que muchas veces se responde de forma automática. Vector o ráster. En cursos introductorios suele presentarse como una diferencia técnica, casi como una decisión de formato. En la práctica, es bastante más que eso. Vector y ráster son dos formas distintas de modelar el territorio. No describen lo mismo, ni de la misma manera, ni con los mismos supuestos. Elegir uno u otro no es solo una cuestión de comodidad o costumbre, sino una decisión que define qué aspectos de la realidad se pueden representar bien y cuáles quedan fuera.

Cuando uno trabaja con vector, en el fondo está diciendo “esto existe como cosa”.

  • Un punto es algo que puedes señalar con el dedo. Un poste, una estación, un pozo, una cámara. No importa tanto el tamaño real, importa que sabes dónde está y que, para el análisis, su ubicación es lo central.

  • Las líneas aparecen cuando lo importante no es solo el lugar, sino el recorrido. Una carretera, una tubería, una línea eléctrica, un río. Nadie las piensa como áreas, sino como trayectos que conectan cosas. El sentido está en por dónde pasan, a quién conectan y qué cruces generan.

  • Los polígonos entran cuando hablamos de espacios que se reconocen como “hasta aquí llega algo”. Un distrito, un área de influencia, una concesión, una zona urbana. Son límites que, aunque a veces sean discutibles en el mundo real, socialmente aceptamos para organizarnos, tomar decisiones y poner reglas.

En todos esos casos hay una idea común. Estamos trabajando con elementos que podemos nombrar, listar y contar. Cosas que alguien decidió que valía la pena separar del resto del territorio.

El ráster juega a otra cosa. No parte de objetos, parte de cómo se comporta el territorio en cada lugar. Es más parecido a mirar un termómetro, un radar de lluvia o una imagen satelital. No te dice “aquí hay algo”, sino “aquí pasa esto”.

Un mapa de temperatura no tiene sentido en puntos o polígonos. La temperatura no se corta en seco en una línea imaginaria. Cambia gradualmente. Lo mismo pasa con la altura, la pendiente, la humedad del suelo o la intensidad de una señal. Ahí el ráster funciona como una malla que va midiendo qué tan fuerte, qué tan alto o qué tan intenso es algo en cada pedazo del espacio. Por eso el problema no es elegir vector o ráster, sino qué historia del territorio estás tratando de contar.

  • Si estás hablando de elementos que se reconocen, se delimitan y se gestionan como “cosas”, el vector tiene sentido.

  • Si estás tratando de entender cómo varía un fenómeno en el espacio, el ráster suele ser mucho más honesto.

Los errores aparecen cuando se fuerza uno para hacer el trabajo del otro. Cuando se dibujan polígonos para fenómenos que no tienen bordes claros, o cuando se usa un ráster para responder preguntas que en realidad son sobre objetos y relaciones. Ahí el modelo deja de ayudar y empieza a distorsionar lo que se quiere analizar.

Entender la diferencia entre vector y ráster es solo una parte del problema. Una vez que el territorio ya fue modelado, aparece otra pregunta igual de importante. Cómo se organiza y se describe esa información para que pueda analizarse, cruzarse y mantenerse en el tiempo. Ahí entran en juego las capas y los atributos. No como un concepto de software, sino como la gramática mínima con la que el GIS ordena la realidad. Capas que separan fenómenos, atributos que les dan sentido y reglas que permiten relacionarlos. Ese es el siguiente paso del recorrido, y probablemente uno de los más subestimados cuando se empieza a trabajar en GIS.